13 de mayo de 2009

Will Eisner: nosotros, los fantasmas

En la introducción a su emblemática obra de 1996 "Graphic Sorytelling" (en español "La Narración Gráfica"), Will Eisner nos ofrece un panorama duramente realista de la situación de la historieta, mostrándola como un medio aún no valorado en el mundillo del arte formal.

Hoy, más de diez años después de publicado este volumen, ¿Será que las palabras de Eisner conservan aún una contundente y trágica vigencia? Y, si tal fuera el caso, ¿Qué hemos hecho para ayudar a pavimentar el camino de la reinvindicación del medio historietístico?

En nuestra cultura, el cine y los cómics son los dos puntales más importantes que se sirven de la imagen para contar una historia. Ambos medios emplean la sucesión de imágenes, así como el texto o diálogo. Pero igual que el cine y el teatro hace mucho que gozan de excelentes referencias, el cómic sigue forcejeando por hacerse reconocer como medio de expresión artística. Pese a sus más de noventa y nueve años de rodaje, todavía se le sigue considerando como un medio literario problemático.

La segunda mitad del siglo XX ha sufrido un cambio en cuanto a la definición de la alfabetización. La proliferación del uso de imágenes fue propulsada por el crecimiento de una tecnología que exigía cada vez menos letra que leer. Desde las señales de tráfico a los folletos de modo de empleo, la imagen respalda a la palabra y en ocasiones llega a sustituirla. En efecto, el alfabeto visual se ha incorporado a la colección de habilidades que requiere la comunicación de este siglo. Y los cómics están en el centro de ese fenómeno.

El aumento y asentamiento de este notable medio de lectura en el formato de comic books viene ocurriendo desde hace setenta años. A raíz de la recopilación de las tiras de prensa publicadas en los periódicos, el material del comic book no tardó en evolucionar hacia historias largas, hasta llegar a las novelas gráficas. Esta última variante ha pesado mucho sobre el dibujante y el guionista, exigiéndoles una mayor sofisticación literaria.

Como resulta tan fácil leer cómics, éstos se han ganado la reputación de ser algo propio de gente de pocas luces y de coeficiente intelectual limitado. Y, a decir verdad, durante décadas el contenido de las historias de los cómics estaban concebidas para un público de esas características. Son todavía muchos los creadores que no van más allá de ofrecer una excitación sexual y una violencia disparatada. Así, no es de sorprender que durante mucho tiempo el sistema haya distado de mostrarse entusiasta en cuanto a la aceptación de este medio se refiere.

La primacía del dibujo en el formato de cómic tradicional hizo que se pusiera más énfasis en el grafismo que en su contenido literario. Por ello, no tiene nada de sorprendente que a los cómics, en cuanto a lectura, se les viera como una amenaza contra la alfabetización, pues por alfabetizada se tiene a la era pre-visual y electrónica.

En su influyente libro "The Medium is the Message", Marshall Mc Luhan y Quenton Fiore señalan: "... En la forja de las sociedades siempre ha pesado más la naturaleza de los medios con los que se comunica el hombre que el contenido de la comunicación." Tal ha sido el destino de los cómics. Su formato y sus imágenes coloreadas han dado por sentado que su contenido era muy sencillo.

Entre los años 1965 y 1990, los cómics se esforzaron por alcanzar un serio contenido literario. Todo empezó con el polémico movimiento underground de dibujantes y guionistas que trataron directamente con el mercado. A continuación brotaron como hongos tiendas de comic books, que ofrecían su mercancía a un amplio espectro de lectores. Significó el principio de la maduración del medio. Por fin, el cómic buscaba vérselas con temas que hasta entonces habían sido considerados sólo propios del libro, el teatro o el cine. La autobiografía, las reivindicaciones sociales, las relaciones humanas y la historia eran temas por los que ahora se interesaban los cómics. Empezaron a proliferar las novelas gráficas dirigidas a "los adultos". La edad media de los lectores fue en aumento. El mercado para la innovación y los temas adultos amplió sus fronteras. A raís de esos cambios, un grupo más sofisticado de talentos se sintió atraído por el medio y formuló sus pautas.

En este ambiente, el comic book sufrió el ataque de los críticos literarios, que no tenían nada claro que los tebeos pudieran tratar temas serios. Esta actitud general llegó a afectar negativamente al clima de aceptación al que aspiraban los cómics.

Esto resume la situación a la que se enfrentaban guionistas y dibujantes que intentaban abrirse paso por el ámbito de nuestra cultura literaria. Es un debate inacabable el de hasta dónde pueden llegar los cómics al tratar un "tema serio". Por suerte, el aumento del número de dibujantes y guionistas serios que han sido atraídos por los cómics es testimonio elocuente del potencial de este medio. Y estoy convencido de que el contenido de las historias será el combustible del futuro de los comic books.

A principios de 1990, esa nueva alfabetización se volvió más y más evidente en nuestra cultura occidental y, como hizo notar Paul Gravett en el periódico London Daily Telegraph: "No parece haber límite a las ambiciones del cómic. Los acostumbrados a escudriñar columnas de textos tienen dificultades para asimilar los caprichosos globos de diálogos de los cómics mientras saltan de imagen en imagen. Pero a la nueva juventud educada con la televisión, los ordenadores y los videojuegos, procesar información verbal y visual en varios niveles y la mismo tiempo les parece no sólo natural, sino preferible".