Ilustrativa entrada, la que nos regala Marta Peirano, para la sección Cultura y Ocio de la web española ADN.es -- En ella, Marta intenta resumir la absurda persecución que el gobierno norteamericano dirigiera contra los cómics de horror y suspenso de la EC, durante la década de los cincuentas. Una verdadera caza de brujas, que no hizo más que evidenciar los métodos amordazantes de una sociedad consumida por la paranoia.Por desgracia, esta falsa moral no agotó sus efectos en el siglo pasado. De hecho, es gracias a esta absurda filosofía de reprobación social de la creatividad, que el cómic norteamericano actual atraviesa por una crisis de contenido, la cual intenta compensar con la espectacularidad gráfica a la que tan acertadamente se refería Barbieri en los dos posts anteriores. De miedo.(La entrada original, aquí)
A finales de los años 40 "todo el mundo leía cómics -cuenta David Hajdu, autor de The Ten-Cent Plague (Editorial Farrar, Straus & Giroux, 2008),- eran la forma de entretenimiento más popular en EE.UU." Era el caldo de cultivo correcto: mientras la censura se afilaba los dientes en la creciente industria del cine y aplicaba el código Hayes a los mafiosos y las vampiresas trepadoras, las páginas coloreadas de los comics americanos transformaban el género negro en un pariente cercano del gore. Y costaban diez centavos, un precio que garantizaba una fuerte viralidad.
Las asociaciones de padres consiguieron que se creara un comité en 1949 para controlar aquellas publicaciones pero, llegados los 50, estaba claro que no era suficiente. Se acusó formalmente a varias publicaciones de promover el crimen y la degeneración. "Hitler era un principiante comparado contra la industria del comic", llegó a declarar el psiquiatra de origen alemán Fredric Wertham, uno de los grandes cruzados contra la industria.
Es muy probable que las mujeres seductoras y los escenarios terroríficos de Tales from the Crypt, Shock SuspenStories o Justice Traps the Guilty fueran sintomáticos de una generación que creció imaginando una guerra lejana, fuertemente sugestionada por las descripciones de la contienda de los nuevos medios de comunicación. Las páginas eran truculentas y la sangre empapaba las portadas con generosidad. Se vendían como pipas.
Sin embargo, la comparación con Hitler no era sólo absurda sino también paradójica, especialmente cuando las quemas públicas de libros y la prohibición, en algunos estados, del uso de palabras como "terror" y "horror" en sus páginas sí recuerda, en retrospectiva, a las hogueras que iluminaron la plaza de la universidad Humboldt en Berlín.
Un caso insólito
Cuando el caso llegó al Congreso en abril de 1953, el caso fue televisado. La premisa era que la exposición a grandes y coloridas dosis de violencia gratuíta fomentaban el vicio y la delincuencia juvenil. Dicen que el caso estaba perdido de antemano, pero que se perdió del todo cuando William Gaines subió a declarar.
Gaines había heredado de su padre una pequeña editorial de comics llamada EC, Educational Comics. Cuando se hizo cargo del negocio, Gaines empezó por rebautizarla Entertaining Comics, y contrató a Al Feldstein y Harvey Kurtzman como editores a tiempo completo.
Aquí empieza la leyenda. EC eran los responsables de una larga serie de sagas sangrientas que constituían una gran parte de la tarta del mercado: The Crypt of Terror y The Vault of Horror (horror), Frontline Combat y Two-Fisted Tales (guerra), Shock SuspenStories (negro/fantástico) y Weird Science y Weird Fantasy (ciencia ficción).
Gaines subió a declarar bajo los efectos de las anfetaminas, que empezaron a disminuir a medida que se desarrollaba lo que acabó siendo un descacharrante interrogatorio. Pero lo que terminó de condenar EC fue que le preguntaron si su criterio editorial tenía límites; es decir, que si había algo que estuviera dispuesto a no publicar por motivos morales. El contestó, genuinamente, "el buen gusto".
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De la cripta a la locura
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The Comics Magazine Association of America se creó en 1954 para controlar las publicaciones con la tijera en la mano. En los siguientes dos años, la industria bajo de 650 títulos a 250 y más de 800 dibujantes y escritores cambiaron de sector, lo que explica un cambio interesante en otros entornos, como las revistas y las portadas de los libros de ciencia ficción. Hizo falta un superhéroe para salvar la industria del comic, pero eso no ocurriría hasta la década de los 60, y lo hizo con la bandera americana por traje. El último número de EC salió en noviembre de 1955. La última guerra de Gaines con la censura fue porque no le dejaron poner un astronauta en la portada; era negro. Pero Gaines y sus dos colegas, Feldstein y Kurtzman, sobrevivieron al golpe fundando Mad Magazine, que no era una revista de comics, por lo que quedaba fuera de la jurisdicción de la censura. Y, también, uno de los más grandes hitos de la contracultura norteamericana.
















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