¿Cómo es posible que Corto encuentre el submarino de Slütter (que utiliza el excelente mapa del capitán Galland) en la punta occidental de Nueva Pomerania, o sea, mientras navega hacia el oeste, si ha partido de la Kaiserin y el submarino se dirigía hacia la Escondida?
¿Dónde se encuentra La Escondida del Monje? Hablando con Pandora, Caín le cuenta que el Monje impera desde las islas Gilbert hasta las de Sotavento, y eso suena muy bien, pero un muchacho que lee a Eurípides y a Coleridge debería saber que las Gilbert están al norte de las Fidji, en la línea del ecuador, en Micronesia, y que las Sotavento están en las Antillas. Es cierto que Magallanes hizo ese viaje, pero una sola vez en su vida, y murió en el intento. Reinar desde las Gilbert hasta las Sotavento es una ardua tarea, y el imperio del Monje parece tender más a la mitología que a la geografía.Enfrentemos ahora a Pratt con el Atlas de De Agostini. Pratt, al final, admite con rabia que la Escondida se sitúa a 19° de latitud sur y 169° de longitud oeste, por lo cual debería hallarse entre las Tonga y las Cook. Un oficial de la marina alemana que navega hacia Nueva Guinea para ir a las Tonga afirma que “pronto llegaremos a la Escondida”, cuando aún está a más de 5,000 km. de distancia, es un soñador preso en la red de Rasputín, y que ha confundido los límites del espacio.
El caso es que Rasputín, o Pratt, o ambos, también tratan de confundir los límites del tiempo.
Si se lee con atención, se observa que Caín y Pandora son capturados por Rasputín el 1 de noviembre de 1913, pero no llegan a la Escondida hasta después del 4 de agosto de 1914 (el Monje les informa de que ha estallado la guerra), o sea, aproximadamente entre el mes de septiembre y la última quincena de octubre, cuando los ingleses entran en escena. Entre dos páginas de Coleridge y dos discusiones con Slütter ha pasado un año, en el curso del cual el submarino ha recorrido rutas inciertas, con la curiosa indolencia y aquel dejarse llevar por la corriente que parecía impulsar a los bucaneros del siglo XVII, al viejo marino de Coleridge y al capitán Ajab.
Todos los personajes de La Balada, incluidos los oficiales de la marina alemana, viajan por el archipiélago de la incertidumbre como si recorrieran aturdidos las ramas del árbol genealógico de los Groovesnore, y no quisieran llegar nunca a su destino. No saben seguir a los tiburones, como hace Tarao (el único que siempre va adonde quiere y llega sin problemas y casi siempre en línea recta), y cuando rozan la Verdad Geográfica ni siquiera son conscientes de ello. Y no obstante está allí, en el nombre de Pandora: hay un Golfo de Pandora entre las Fidji y las Nuevas Hébridas, en los confines del cual se encuentran las islas Yasawa y, en ellas, El Lago Azul. Pandora es el símbolo del conocimiento cartográfico para el que los personajes de La Balada están totalmente negados. Rasputín sólo ha leído a Bougainville; Pratt no ha leído más que a Vere Stackpoole, pero, como de costumbre, el texto sabe más que todos los demás. En La Balada, todo sigue el mismo rumbo errático que las rutas marinas que menciona; incluso la psicología de los personajes, que se aman después de haberse tiroteado, se matan por amistad, pierden el control, se reinventan con una descendencia y con detalles clínicos en cada página. Nunca llegamos a saber quién es el Monje (no creo en la reconstrucción de los hechos realizada por Slütter, porque es demasiado precisa), pero ¿cómo es su rostro, suponiendo que lo tenga? ¿De dónde viene Rasputín? ¿Por qué Caín tiene ese nombre? ¿Es quizá una referencia a Byron? Y, sobre todo, sabemos muy poco sobre Corto, ya que serán sus aventuras posteriores las que nos lo contarán todo acerca de él, incluyendo la hitoria de su madre. Hasta el dibujo es inseguro. Corto no tiene esos rasgos esenciales y definidos que se encuentran en sus epopeyas de madurez (exceptuando sus últimas aventuras, en las que ha rejuvenecido y parece haberse convertido en un ángel), en las que se mueve con desenvoltura entre la laguna de Venecia, Brasil, Irlanda y las rutas del Transiberiano.
Corto, reconocible hoy en día para todos, aun se está formando en la época de La Balada: ignora su propia biografía (aparece de golpe, encadenado en medio del océano como el judas de la Navigatio Sancto Brandadni), e ignora también su psicología. Ni Pratt ni él están muy seguros de su rostro, y lo esbozan viñeta tras viñeta, desde unos cuantos trazos inseguros hasta una intrincada red de arrugas interrogativas. Quizá acabemos olvidando algunas historias en las que Corto Maltés aparece ya perfecto en su inmediatez jeroglífica, pero en La Balada vive y se hace recordar gracias a su vacilante imperfección. Por eso La Balada permanece en la memoria de sus lectores como un acontecimiento, como un nuevo modo de hacer literatura a través de la historieta; y la Escondida asume la dimensión del universo de la narración: Ismael se confunde con Mandeville; el Pacífico limita con la Tierra de Maese Juan; las cartas geográficas contradicen las palabras, difuminan el espacio en vez de definirlo; las parelelas se cruzan; el Atlas se convierte en una carta de navegación equívoca, y un Monje casi medieval, ennoblecido por los vientos alisios, enarbola un emblema del Consejo de los Diez.
Siempre he dicho que los dibujantes se retratan en sus protagonistas, incluso en sus personajes secundarios. Quien conozca personalmente a Al Capp, Feiffer, Schultz o Jacovitti ya sabe lo que quiero decir. Phil Davis fue el único que dio al mago Mandrake el rostro de su guionista, Lee Falk (a menos que este último no lo describiera según las instrucciones de Phil Davis). No me esperaba lo mismo de Pratt. Peor recuerdo que en la presentación de un libro, o en algún acontecimiento similar, me lo encontré en la terraza Martín de Milán y le presenté a mi hija, quien era todavía una niña pero ya leía atentamente sus historias, y ella me susurró al oído que Pratt era Corto Maltés. Sólo un niño es capaz de decir que el rey va desnudo. Pratt no tiene la estatura ni la esbeltez de Corto, pero al mirarlo atentamente, de perfil, tuve que reconocer que mi hija tenía algo de razón; la línea de la nariz, el trazado de la boca, un no sé qué. Por supuesto, Pratt no es el Corto de La Balada, sino el Corto más mágico de las últimas historias, el Corto que en aquella época Pratt no conocía aún… Pratt se buscaba (soñaba con ayuda de su lápiz y se preguntaba cómo le hubiera gustado ser. Ahora ya lo sabe: un elfo), y al buscarse erraba en la persecución de algunos de sus sueños y de sí mismo. Así es como los textos acaban por divagar. Y en esa bruma, que afecta al espacio y al tiempo, nacen los mitos; los personajes culto reclaman otros textos, se instalan como nativos en nuestra memoria, como si hubieran existido desde siempre en el recuerdo genético de nuestros padres; son jóvenes como Matusalén y centenarios como Peter Pan, hasta el punto de que los reconocemos en historias en las que ni siquiera aparecen o, incluso –hecho éste que también pertenece a los niños- en la propia vida.
















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